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La naturaleza en Costa Rica

La naturaleza en Costa Rica

La naturaleza en Costa Rica

Limpias y luminosas playas, impactantes volcanes, algunos de ellos en activo, y una treintena de bellísimos parques mimados desde hace más de cuarenta años, constituyen los reclamos más sobresalientes de un pequeño paraíso que apuesta fuerte por un turismo que combina naturaleza, aventura y descanso: pura vida.

Limpias y luminosas playas, impactantes volcanes, algunos de ellos en activo, y una treintena de bellísimos parques mimados desde hace más de cuarenta años, constituyen los reclamos más sobresalientes de un pequeño paraíso que apuesta fuerte por un turismo que combina naturaleza, aventura y descanso: pura vida.

El tico -apodo que se da a sí mismo el cos­tarricense-, es, por lo general, de carácter afable y hospitalario, amante de la paz -prescinden de ejército desde hace más de medio siglo- y muy consciente de sus ri­quezas naturales. Más de la cuarta parte de Costa Rica está reservada para fines conserva­cionistas. Es uno de los lugares más abundante en vida de todo el planeta, ocupa el 0,03 por ciento del territorio mundial, pero alberga el 5 por ciento de todas las especies, distribuidas en lina gran variedad de hábitats protegidos por el Sistema Nacional de Conservación más avan­zado de Latinoamérica.

Los 212 kilómetros de suave y lluvioso lito­ral caribeño, con sus pantanos y manglares, y su frondosa vegetación ribereña, contrastan con los 1.016 kilómetros que alcanza la costa pací­fica, de escarpados golfos y penínsulas bordea­dos por bosques secos tropicales. A través de la zona más estrecha del país, se puede cruzar del Caribe al Pacífico en unas horas, bañarse en un mar por la mañana y pescar en el otro por la tar­de. En el interior, bosques nubosos y secos en­tremezclan gigantescos árboles, mientras en los ricos suelos volcánicos crece airoso y brillante el cafetal, orgullo nacional, en extensas plantacio­nes. Pampas, páramos y cumbres que en su pun­to más alto alcanzan casi los 4.000 metros com­pletan el panorama. En definitiva, una natura­leza exuberante y compleja que pone al alcan­ce de la mano los lugares más bellos y recónditos jamás soñados.

Cuando Colón la bautizó como "Costa Rica", cegado por una falsa promesa de oro, no era cons­ciente de la verdadera riqueza que se extendía ante sus ojos, una naturaleza que hoy, por suer­te, es posible contemplar prácticamente, como él mismo la contempló. Claro que ahora podemos disfrutarla con muchas más comodidades, desde agradables hoteles y divirtiéndonos escogiendo entre una amplia gama de variadas y apasio­nantes actividades al aire libre; descenso de bra­vios y caudalosos ríos en kayak o piragua, pes­ca en todas sus modalidades, especialmente la de altura de fama mundial, surf sobre mmejorables olas, buceo en arrecifes tropicales, intrincadas ca­minatas por bosques pluviales, ciclismo, vuelos en globo, paseos a caballo, puenting... de todo. Y además, las tres propuestas estrella: el canopy, las excursiones a los volcanes y el espectáculo de la arribada de las tortugas.

El canopy, en sus diversas modalidades, cons­tituye una visión diferente de la selva tropical. Los más atrevidos pueden descolgarse atados a un arnés a través de largos tramos de cables sus­pendidos a alturas de entre 20 y 30 metros, mien­tras otras opciones como los teleféricos con cabi­nas abiertas, los puentes colgantes o metálicos, y las altas torres con plataformas permiten una ex­periencia más sosegada. Este peculiar entrama­do turístico de senderos volátiles surgió en los años 80 inspirado por las instalaciones de los na­turalistas, y se ha convertido en una verdadera mo­da. El más largo de los Canopy Tour se halla en Monteverde, el vuelo completo dura mi par de horas largas y, en los días claros, dos de sus torres ofrecen vistas panorámicas de 360 grados sobre Guanacaste, San Carlos y Punteras.

Como es la naturaleza en Costa Rica

Por su parte, las formaciones volcánicas de Costa Rica también se han visto transformadas en destino de primer orden. Siete de ellos, por hallarse en activo, son lugares ineludibles, su visita es obli­gada. Algunos albergan en sus cráteres lagunas de insospechada belleza. El más famoso, el Arenal, misterioso entre nieblas la mayor parte del año, desencadena con la caída de la noche extraños fuegos de artificio con sus erupciones incandes­centes. A los pies de su vertiente norte, a orillas del río Tabacón, ha surgido un pequeño paraíso de frondosa exuberancia regado por cálidas aguas que forman atractivas cascadas y lagunas ter­males muy bien aprovechadas por seductores ho­teles, que en este lugar se anuncian con sugerentes invitaciones del estilo un volcán en su jardín.

Otro de los grandes espectáculos, un verda­dero privilegio mucho más íntimo en este caso, es la arribada de las tortugas marinas. Desde hace milenios estos antiguos reptiles acuden puntual­mente mía vez al año, en las noches oscuras que preceden a la luna nueva, a sus playas tradicio­nales a perpetuar el ritual de la puesta de huevos, clave de su supervivencia. De las ocho especies que existen en el mundo, seis anidan en Costa Rica, cuatro de ellas lo hacen en el parque Tortuguero, en el Caribe, mientras en la zona del Pacífico, el parque marino I .as Baulas de Guanacaste es el ele­gido por la mítica tortuga barda, la más grande, con un peso medio de 360 kilos que puede llegar hasta los 500.

Si bien es cierto que la naturaleza y las acti­vidades al aire libre constituyen atractivos im­portantes, tampoco hay que olvidar otro tipo de reclamo más tradicional, el de sus playas, refu­gios con tintes paradisíacos y reminiscencias de días primigenios. En la península de Nicoya, la comunidad de Montezuma ha reagrupado a un gran número de gringos nostálgicos de la época hippy, atraídos por su ambiente festivo con ai­res de salsa, sus interminables playas solitarias, y la frescura de una indumentaria, que al traje de baño tan sólo le añade un pareo v bisutería de cuero v conchas compradas en algún puesto callejero. Por el lado Caribe, en Puerto Viejo, área favorita de surferos, se combate el calor con refrescantes jugos de frutas y se vive al son de la música reggae con la que cada atardecer se celebra la puesta de sol. Pequeñas delicias, que sumadas a las tentaciones que ofrecen sus prin­cipales ciudades, en especial San José, la cos­mopolita capital, con sus restaurantes, bares, cafés, museos y, sobre todo, su animada vida nocturna, hacen de Costa Rica un destino ine­ludible para los amantes de la pura vida.

Aunque hay indicios de que la región que actualmente ocupa Costa Rica estuvo ya habitada 5.000 años antes de Cristo, nunca formó parte de los grandes imperios que la rodearon. Su alejamiento de Guatemala y sus pocos recursos, le permitieron tener una cierta inde­pendencia durante la presencia es­pañola.
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