Viajar a San Diego
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Es la séptima ciudad más grande de Estados Unidos, con una población de 1.300.000 habitantes y, a los ojos de muchos, la urbe más habitable del mundo. Bañada continuamente por el sol y acariciada por la brisa del Pacífico, San Diego es el prototipo de la cultura californiana: sol, mar, historia, ciencia y tecnología.
¿Se acuerdan de la canción de los Beach Boys, California Girls? Visualmente, San Diego es la viva representación de esas imágenes que evocan la melodía del famoso grupo: sol, arena y palmeras. Su clima se acerca a la perfección, cálido y soleado prácticamente todo el año, y su inmejorable ubicación la hace ser un deseable punto de destino para los amantes de la naturaleza. En poco menos de una hora, se puede presenciar la puesta de sol desde un acantilado en Point Loma y divisar toda una constelación de estrellas en el desierto de Anza Borrego, al que cada año, cuando el tiempo lo permite, la primavera regala una explosión de flores silvestres.
Los Ángeles y San Francisco la sobrepasaron en tamaño e importancia durante la fiebre del oro del siglo XIX, pero no olvidemos que fue en ella donde se produjeron los primeros asentamientos europeos en el sur de la costa oeste del territorio que más tarde sería los Estados Unidos de América.
Mucho antes de la llegada de los españoles, la costa California era habitada por diversas tribus indígenas, que probablemente emigraron del continente asiático por vía del estrecho de Bering. Los nativos de California subsistían gracias a la pesca, la caza de jabalís y otros animales salvajes y a la recolección de semillas, raíces y frutos silvestres. Se dice que llegaron a ser más de 100.000 los que se establecieron en esta zona del sur de California.
Información para viajar a San Diego
En junio de 1542, el marino y explorador portugués Juan Rodríguez Cabrillo salió del puerto de Navidad, en la costa oeste de México, rumbo al norte con la intención de encontrar un paso entre el océano Pacífico y el Atlántico. Tres meses más tarde, el 28 de septiembre, llegó a una bahía a la que llamó San Miguel, por ser la festividad del día. Pero aunque sus escritos fueron muy favorables, no captó el interés de ningún otro navegante, incluido sir Francis Drake, que pasó de largo en su navegación hacia el norte de California. Fue el español Sebastián Vizcaíno quien 60 años más tarde recaló en ella, bautizándola con el nombre de San Diego de Alcalá de Henares, en honor al santo monje, y describiéndola como la bahía más grande de los mares del Sur. A pesar de ello, la corona española no puso demasiado interés en esta zona hasta que, en 1768, ordenó colonizarla para frenar el rápido avance de los rusos por el norte. Al año siguiente, el catalán Gaspar de Portóla y el franciscano mallorquín fray Junípero Serra, construyeron allí un fuerte militar y fundaron la primera de las misiones de California, estableciéndose así la presencia y la hegemonía española en esa parte del continente americano. Mientras Junípero Serra continuaba fundando misiones a lo largo del Camino Real, San Diego, con el transcurso de los años, entró a formar parte del territorio de la Unión en 1848.
Vestigios de esa época se encuentran en la colina donde se sitúa Presidio Park, considerado el lugar del nacimiento de la ciudad. Allí estuvo la misión de San Diego y el fuerte militar. A su lado, se levanta el museo de Junípero Serra y la casa de Estudillo, construida para alojar al primer comandante del fuerte y su familia. La herencia hispano-mexicana todavía se deja ver en muchos rincones de la ciudad. En el Balboa Park, que fue centro de la California-Pacific Internacional Exposition, en 1935, quedan muchos de los edificios de estilo español colonial y mudejar construidos para la exposición y que hoy alojan algunos de los principales museos de la ciudad.
Colonizaciones, fiebre del oro, la llegada del ferrocarril, nada de ello contribuyó tanto a la formación de la moderna San Diego como la Segunda Guerra Mundial. Tras el bombardeo de Pearl Harbor, la bahía de San Diego se convirtió en el centro de operaciones de la flota estadounidense en el Pacífico.
Seis décadas más tarde, la ciudad ha pasado de ser la hermana pobre de Los Ángeles, influida tanto por su gran presencia militar, como por la gran afluencia de emigrantes mexicanos (la frontera con México está a tan solo media hora del centro de San Diego) y ser conocida como lugar de recreo para familias con niños, gracias al zoo, el Sea Word y el Legoland, a convertirse en una ciudad dinámica y sofisticada, con una saneada economía, gracias al desarrollo de la industria de las telecomunicaciones, la biotecnología, la industria del turismo, un multimillonario mercado inmobiliario y un rico y variado escenario gastronómico, artístico y cultural que atrae a lo más hip y chic de la costa oeste. Prueba de ello es el renaciente barrio de Little Italy, la versión californiana del SoHo neoyorquino, donde las boutiques de emergentes diseñadores y las galerías de arte contemporáneo se han unido para crear el Art&Design District. El Gaslamp Quarter, que pasó de ser centro neurálgico y comercial de la ciudad a convertirse en distrito rojo, donde abundaban la prostitución y la droga, es hoy, gracias a una meticulosa limpieza y restauración de sus casas victo-rianas, centro de reunión tanto de turistas como de la población universitaria que llena los numerosos restaurantes, bares y discotecas que bordean sus calles. A la sombra del Balboa Park se sitúa el Gol-den Hill, el barrio cuyo pasado Victoriano se ha visto afectado por los amplios bolsillos de los amantes de la arquitectura. Aún así, en sus tranquilas calles lo mismo se cruza uno con coyotes, zarigüeyas y zorros que con alguna artística chabola, reminiscencia del pasado hippie de la zona.
A pesar del lavado de calles y casas, la sofis-ticación de sus nuevos habitantes, los centros de convenciones y su exclusivo puerto deportivo, donde el yate más barato no baja del millón de dólares, la relajación y la diversión siguen siendo el principal motivo de la visita a la histórica ciudad. Aquí lo que prima es la playa. Puede que no le apetezca ponerse el traje de baño; pero el viaje a San Diego no se completa sin pasar el día en una de las extraordinarias playas que llenan sus 100 kilómetros de costa. Misión Beach, Pacific Beach y Ocean Beach son famosas por sus grandes extensiones de arena fina, donde viene uno a dejarse acariciar la piel por el sol, a practicar voleibol, surf, boogie board, a refrescarse en las azules aguas del océano, recorrer en patines, skateboard o bicicleta el paseo marítimo o, simplemente, a presenciar la puesta de sol. No está nada mal para una pequeña población que empezó con una capilla de adobe construida en una colina.